Tienda de vinos naturales · Conde Duque, Madrid
Wine Attack fue una tienda de vinos naturales y cervezas artesanales de la calle Limón, en el barrio de Conde Duque de Madrid, con cocina los fines de semana. El negocio cerró. Ideavia, estudio de branding gastronómico de Madrid, firmó su identidad: el logotipo, la rotulación del escaparate, la papelería y el merchandising.
En marzo de 2017 la tienda estaba en marcha y con actividad: la reseñó entonces un blog de vino, que la describía como una tienda de vinos naturales nacionales e internacionales y cerveza artesanal, con servicio de cocina los fines de semana y en eventos, previa reserva.
Todo el encargo salía de una idea sola: el nombre ya era una imagen, así que el logotipo no tenía que explicarlo, tenía que dibujarlo. Una botella tumbada convertida en cañón, la mecha encendida y el corcho saliendo disparado hacia la palabra ATTACK.
Y una restricción que mandaba sobre todo lo demás: una sola tinta.
Un local pequeño en una calle de Conde Duque, unos socios que venían del vino y de la cocina, y una categoría —el vino natural— que por entonces se explicaba en Madrid tienda por tienda. El presupuesto era el de un negocio de barrio recién abierto, que es un dato de diseño y no una queja.
Lo que sí tenían era un nombre bueno de verdad. «Wine Attack» no describe nada —no dice vinoteca, ni bodega, ni club—, pero se queda: tiene energía, tiene humor y da una imagen mental inmediata. Un nombre así no necesita que el logotipo lo adorne.
De ahí el encargo real, que no era «hacer un logo bonito» sino resolver una identidad completa que se pudiera producir barata: rótulo, tarjetas, camisetas y escaparate, con lo que cuesta imprimir en negro.
El nombre no se ilustra. Se dispara.
La botella está tumbada y hace de cañón. El culo mira a la izquierda, con la mecha prendida y el chispazo dibujado a rayitas; el gollete apunta a la derecha; y el corcho ya ha salido, volando hacia la palabra ATTACK. El logotipo no dice el nombre dos veces: lo dice una y lo enseña la otra.
Es un juego visual que se entiende antes de leerlo, y esa es toda su gracia en un escaparate: quien pasa por delante no lee «Wine Attack», ve una botella disparando, y ya no hace falta más.
El trazo es deliberadamente de línea, monolineal y con el pulso irregular de lo dibujado a mano. Nada de degradados, nada de volumen, nada de brillos: el vino natural es una categoría que presume de poco artificio, y una marca hecha a mano con un solo trazo dice eso sin tener que escribirlo en la pared.


Un logotipo de línea, sin degradados y sin segundo color, entra en todos los procesos baratos que necesita un negocio pequeño y entra en todos igual de bien. Ese fue el criterio, y es la razón por la que estas cuatro aplicaciones se resolvieron sin rediseñar nada.
El escaparate. Trazo cerrado y sin islas sueltas, que es lo que un plóter puede cortar y despegar sin romperse.
Las camisetas. Una pantalla, una pasada, y funciona igual sobre blanco, gris, caqui o azul marino.
Las tarjetas. Negro sobre cartón reciclado sin blanquear: el papel más barato es también el que mejor le sienta.
La misma pieza vale para las dos, sin versión alternativa que mantener ni explicar.
Un porfolio que solo enseña lo que sobrevivió cuenta media verdad.
Los negocios de hostelería y de comercio de barrio cierran, y cierran mucho. Enseñar solo los clientes que siguen abiertos daría una idea falsa de cómo es este oficio y, de paso, de qué puede y qué no puede hacer una marca: un buen logotipo no salva un negocio, y decir lo contrario sería vender humo.
Lo que sí hizo este trabajo es lo que se le podía pedir: una tienda diminuta y sin presupuesto de publicidad tuvo una identidad que se reconocía desde la acera de enfrente y que se podía producir entera en negro.
Por eso está en el porfolio, y por eso lo primero que dice la ficha es que la tienda cerró. El trabajo se defiende sin necesidad de esconder el final.
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