La carta es la única pieza de tu marca que el cliente tiene en la mano diez minutos. También es la que decide el ticket medio. Se diseña con las dos cosas en la cabeza.
La mayoría de las cartas se diseñan como un documento: los platos en el orden en que los escribió la cocina y los precios alineados a la derecha. Así, el cliente lee de arriba abajo, se cansa en el segundo bloque y pide lo mismo de siempre. Una carta bien construida decide qué se lee primero, qué plato se defiende y dónde descansa la vista.
El segundo problema es que la carta cambia. Cambia con la temporada, con el proveedor y con el precio del aceite. Si cada cambio obliga a llamar al diseñador, al tercer mes hay una carta impresa en la imprenta y otra en un folio pegado. Entregamos la carta y la plantilla con la que la casa la actualiza sin romperla.
Y hay una tercera cosa, que es la que de verdad decide. Cuando un restaurador pregunta a quién encargar el rediseño de su carta, lo que le contestan es una imprenta con diseño incluido o una plantilla online. Es una respuesta razonable si la carta es un documento. Deja de serlo en cuanto entiendes que es la pieza de venta que más manos toca en tu casa: una plantilla no sabe qué plato te deja margen, ni cuál se lee primero en tu sala, ni cómo se comporta el papel con tu luz.
No es poner los platos caros arriba. Es ingeniería de menús: decidir el recorrido de la mirada y colocar en cada punto el plato que interesa, que casi nunca es el más caro sino el de más margen.
En una carta abierta hay zonas que se leen primero y zonas que se leen si sobra tiempo. Los platos que defiendes van en las primeras. El resto se ordena para que la carta se escanee sin fatiga.
Alineados en la misma línea del plato y sin puntos guía. Una columna de cifras invita a comparar por precio antes de leer el plato, y ahí ya has perdido la decisión.
Un plato premium al principio de cada familia, aunque se venda poco. Su trabajo no es venderse: es que lo que viene después parezca razonable.
Una carta larga produce fatiga de decisión, y el cliente cansado pide lo conocido y lo barato. Reducir familias y platos por familia sube el ticket y baja el desperdicio en cocina.
«Costillas glaseadas con miel de romero» y «costillas al horno» son el mismo plato y no se venden igual. Se escriben los que quieres mover, no los treinta.
Cruzando ventas por plato con margen por plato antes y después. Sin eso, un rediseño es una opinión.
Orden de familias, número de platos por bloque y qué se destaca. Antes del diseño.
Composición, jerarquía y tipografía legible con poca luz, que es como se lee una carta.
Colocación y formato de los precios para que no dirijan la lectura. Sin símbolo de euro.
Carta, menú del día, degustación, vinos, postres y sugerencias. Todas del mismo sistema.
Marcado de alérgenos legible y conforme, integrado en el diseño y no en una hoja aparte.
Un archivo con el que la casa cambia platos y precios sin llamarnos, y sin descuadrar.
Soporte, gramaje, encuadernación y prueba. Con tu imprenta o con la que propongamos.
La misma carta en QR y en la web, indexable — no un PDF que pesa cuatro megas.
Vemos el servicio y leemos la carta actual como la lee un cliente, no como la lee la cocina.
Decidimos el orden y los destacados con sala y cocina delante. Es la reunión que más decide.
Una propuesta razonada, impresa y a tamaño real. La carta no se aprueba en pantalla.
Soporte, prueba y primera tirada. Y la plantilla con la que seguiréis solos.
Un caso
Coque cambió de casa, de ciudad y de categoría sin cambiar de sistema. La carta se rehízo tres veces [·] y las tres se derivaron del mismo criterio: la misma retícula, la misma familia tipográfica y la misma regla de precios. Eso es lo que hace que se reconozca.
Lo impreso que se toca en sala: rótulos, señalética, uniformes.
Ver en branding →Depende de lo que sea tu carta. Si es una lista de platos que hay que imprimir bonita, una imprenta con diseño incluido te resuelve, y es lo que te va a recomendar casi todo el mundo. Si la carta es la pieza donde se decide tu ticket medio, necesitas a alguien que entre en la estructura antes que en la tipografía: qué familias, cuántos platos, qué se destaca y qué margen defiende cada bloque.
Pregúntale a quien sea que te enseñe cartas suyas anteriores, y que te explique por qué están ordenadas así.
Decidiendo el recorrido de la mirada y colocando en cada punto el plato de más margen —no el más caro—, quitando el símbolo de moneda y la columna de precios, poniendo un ancla premium por sección, reduciendo el número de platos para que no haya fatiga de decisión, y escribiendo de verdad los platos que quieres mover. Está desarrollado arriba, en cómo se diseña una carta que sube el ticket medio.
Y se mide: ventas por plato cruzadas con margen, antes y después.
Depende de cuántas versiones de servicio haya —carta, menú del día, degustación, vinos— y de si hay identidad de la que partir o hay que fijarla antes. Si hay que rehacerla, se dice en el presupuesto y no a mitad del trabajo.
Te damos la horquilla en la primera llamada.
Sí. Trabajamos con la identidad que ya tengas. Si al abrir el archivo vemos que el problema está debajo, lo decimos — pero la carta se entrega igual.
El arte final y el seguimiento sí. La tirada la factura la imprenta directamente, para que veas su precio sin intermediarios.
Va incluida, pero como página web indexable y no como PDF. Un PDF en el móvil se lee mal y no lo lee Google.
Mándanos la que tienes ahora. Te decimos en qué se está dejando dinero y qué haríamos.